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La Biología De Los Sueños (cont.)

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No fue sino hasta la década de 1950 que Gustav Kramer y Klaus Hoffman demostraron la existencia de un reloj biológico. Las investigaciones posteriores han llevado a concluir que pueden existir relojes biológicos en cada una de las células de un organismo.  Sin embargo, en el cerebro de la mayoría de los animales también parece existir un reloj maestro que coordina y controla los demás.  En el caso de los seres humanos se cree que este reloj maestro se encuentra en una región del hipotálamo conocida como núcleo supraquiasmático.  El hipotálamo es la parte del cerebro que regula impulsos básicos como el hambre, la sed y el impulso sexual.

Aparentemente el hipotálamo regula los patrones de sueño enviando señales a la glándula pineal, que se encuentra detrás del hipotálamo, para que secrete la hormona melatonina.  La secreción de esta hormona se produce durante la noche y se detiene durante el día.  Hace varios años se descubrió que ingerir pequeñas cantidades de melatonina puede ayudar a inducir el sueño.  Esto ha ocasionado que muchas personas la utilicen como remedio contra el insomnio.  Ahora bien, hay que tener cuidado con esto ya que aunque la melatonina desempeña un papel importante en el sueño éste es, al parecer, un proceso sumamente complejo que involucra toda una serie de mecanismos fisiológicos que todavía están lejos de ser bien entendidos.  En la actualidad se estudian otras sustancias como, por ejemplo, la adenosina, una molécula que al parecer provee las señales químicas que le indican al cerebro cuando es tiempo de dormir.  Volviendo al hipotálamo, cabe recordar que, como hemos señalado, esta parte de nuestro cerebro,  regula diversos impulsos básicos y esenciales para la vida.  El hecho de que el hipotálamo parece ser el centro regulador del sueño y la vigilia se considera como evidencia a favor de que el sueño cumple también una función básica y esencial en el ser humano.

Al momento del nacimiento nuestro patrón de sueño y vigilia no está coordinado.  Aproximadamente a las seis semanas de edad comienzan a funcionar los ritmos circadianos y a los cuatro meses de edad ya el patrón de sueño y vigilia está perfectamente sincronizado con el día y la noche.

Las investigaciones sobre el cerebro y los sueños no se detienen aquí.  Una teoría que fuera postulada en 1988 por J. Allan Hobson, neuropsicólogo de la Universidad de Harvard tiene su fundamento en la química cerebral.  Según Hobson existen unas marcadas diferencias en nuestra química cerebral cuando estamos despiertos y cuando estamos soñando.  De acuerdo a su teoría en el tallo cerebral hay tres sustancias químicas conocidas como neuromoduladores que regulan nuestras emociones, estados de ánimo, procesos cognitivos y memoria.  Sin embargo, cuando soñamos estas sustancias cambian, lo que tiene como resultado que nuestro cerebro se vea inmerso en un “baño químico” sumamente distinto al del estado de vigilia.  Hobson piensa que, a causa de estos cambios químicos, nuestro cerebro se encuentra sometido, mientras soñamos, a condiciones sumamente adversas.  Bajo estas circunstancias nuestro cerebro, que siempre trata de darle sentido o imponerle un significado a cualquier señal que recibe, hace lo mejor que puede. Intenta de todos modos darle sentido a lo que en realidad son una serie de células nerviosas que disparan señales sin orden ni concierto, tal como en el cerebro de una persona demente.  El sueño sería, según esta teoría, una especie de locura por la que todos/as pasamos cada noche.   Otra forma de entender esto es imaginándonos que los impulsos cerebrales que se producen mientras estamos durmiendo son puntos dibujados al azar en un papel.  Nuestra corteza cerebral intenta conectar estos puntos para trazar una imagen que experimentamos como un sueño.

Para entender mejor lo que Hobson nos está diciendo debemos recordar que, como dice Vilayanur Ramachandran famoso neurocientífico de la Universidad de California, “el cerebro aborrece el vacío”; continuamente busca información y cuando no consigue los datos que necesita hace lo mejor que puede con lo que tiene.  Ramachandran cita el caso de un paciente suyo que sufrió una hemorragia cerebral que le dejó un punto en su campo de visión al cual no le llegaba información visual.  Sin embargo, este paciente en lugar de percibir, como era de esperarse, un hueco o un espacio vacío en esa parte de su campo visual lo que hizo fue comenzar a ver diversos objetos, primeramente un dibujo de un gato, luego flores, y posteriormente, personajes de tirillas cómicas tales como Mickey Mouse.  Podemos pensar que en el caso de los sueños nuestro cerebro está actuando de un modo similar.

Hay quien cree que la teoría de Hobson  significa que los sueños no tienen ningún significado y que la interpretación de sueños no tiene sentido.  No obstante, el propio Hobson dice que lo cierto es que hay sueños con significado y hay sueños totalmente sin sentido.  El problema consiste en diferenciar cuál es cuál.  Lo que para Hobson definitivamente no tiene sentido es la idea de que las imágenes que vemos en los sueños son símbolos y las interpretaciones que se fundamentan sobre esa idea.

Algunos investigadores no se muestran muy convencidos por las teorías de Hobson.  Uno de estos es el psicólogo experimental canadiense Tore Nielsen.  Las investigaciones de Nielsen, al igual que las de otros científicos, parecen apoyar la tesis de que los sueños no son el resultado de disparos neuronales desordenados.  Para Nielsen soñar juega una importante función, específicamente en lo que respecta a la memoria.  En efecto, algunos estudios tienden a indicar que mientras dormimos nuestro cerebro está trabajando en las cosas que hemos aprendido recientemente ayudando a transferir éstas de la memoria a corto plazo a la memoria permanente.  Nuestro cerebro puede continuar trabajando sobre una nueva información durante un período de hasta una semana a partir del momento que entramos por primera vez en contacto con la misma.  Si esto es cierto, habría que concluir que el soñar es de vital importancia para absorber información.  Pongamos el caso de Ramón, un estudiante que el viernes aprende una fórmula matemática con la cual tendrá que resolver varios problemas en un examen pautado  para el lunes.  Si desea que sus nuevos conocimientos se afiancen y a la vez obtener una buena nota este estudiante haría bien en dormir y soñar bien durante el viernes, el sábado y el domingo.  La pérdida de sueño, especialmente de la etapa MOR (o REM) podría ocasionar la pérdida de la información que necesita recordar para su examen.

Otras investigaciones que avalan la relación entre los sueños y la memoria fueron desarrolladas por el Dr. Avi Karni, un investigador del Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos.  Karni demostró que el sueño MOR  ayuda a consolidar las memorias.  Karni entrenó un grupo de sujetos en la tarea de reconocer objetos usando solamente su visión periférica, luego procedió dividir los mismos en dos grupos.  A un grupo no se le permitió soñar sino que cada vez que entraban en la fase de sueño MOR  eran despertados.  El otro grupo también fue despertado el mismo número de veces pero durante otras etapas del sueño.  Luego se compararon las habilidades mostradas antes de acostarse y luego de levantarse en la ya mencionada tarea.  El resultado fue que  aquellos que fueron despertados durante la etapa MOR (que como recordaremos es la etapa durante la cual los sueños son más abundantes y vívidos) no mostraron mejoría en su habilidades mientras que los otros si mostraron una significativa mejoría.

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